En el pueblo de Fanfarria, érase una vez, que todos sus ciudadanos, al igual uno que otro de mundanos, presumían de su burda tontería.
El uno por sus cuatro tierras mal administradas, el otro por sus ropas de marca de hace varias temporadas. Fanfarria era un lugar sin igual, donde se paseaban perros a los que llamaban veloces corceles, llevaban joyas de rico oro, todos cantaban a coro.
Todas las mañanas sus fanfarronienses se paseaban por las grandes avenidas de oro y adoquines de plata; se saludaban uno a otros con sus intachables modales, para luego en la intimidad dedicarle sus palabras más despreciables. Cada uno explicaba su vida, siempre diferente desde fuera que desde dentro. Las conversaciones más típicas eran sobre sus terrenos, ricos todos ellos, sus villas plagadas de hacendosas variedades frutales, donde el dinero, como tal jilguero cantaba todas las mañanas en los bolsillos, riqueza sin igual, espejo de la ignorancia, ya que física no era, ni tampoco del alma.
Que bonito lugar Fanfarria para vivir. Menos mal que también había gente humilde de ideas claras y con intenciones más sanas.
¡Que viva Fanfarria! Seguro que allí los pedos huelen a rosas y sus habitantes nunca tienen mocos (mucho menos se los hurgan en la nariz).
ResponderSuprimiry no hacen popó porque les da asco...
ResponderSuprimirYo prefiero la republica independiente del barrio
ResponderSuprimirjajaja
saludos